Cuando uno piensa en situaciones bélicas, conflictos, espías y cosas así, se imagina que la labor de “inteligencia” fija sus objetivos principales en conocer los gobiernos, sus estructuras, los poderes “ocultos” tras estos, el poderío militar, las fuentes económicas del país, y cosas por el estilo. Sin embargo, como vemos en el actual Irak, el problema ya no está en cómo vencer a la fuerza militar rival, sino en cómo perpetuar la victoria en el tiempo, y fijar una estructura estable afín a los intereses del vencedor.

Para ello, los soberanos del mundo, ya se han puesto las pilas, y no ahora, sino desde hace bastantes años. Un ejemplo de esto lo tenemos en la figura del general francés Joseph Gallieni, personaje del siglo XIX, que dejó su huella en la historia por llevar el poder colonialista francés a Madagascar, Indochina o el Sudán francés, y cuyas formas le hicieron valer el sobrenombre de Jeneraly masiaka (el general cruel). Pero lejos de ser sólo un hombre brutal y despiadado, supo ver que la fuerza sin más, no servía para mantener el poder de su país en los territorios conquistados. Entre las conclusiones a las que llegó, vio que “toda acción política en la colonia debe consistir en discernir y sacar provecho de los elementos locales utilizables, neutralizar y destruir los elementos locales no utilizables”. Y cual es la manera de conocer esos “elementos locales”, la antropología, que según la Real Academia es el “estudio de la realidad humana” o la “ciencia que trata de los aspectos biológicos y sociales del hombre”.
El amigo Gallieni llegó a entender que “un oficial que logra trazar un mapa etnográfico suficientemente exacto del territorio que dirige, está muy cerca de haber logrado su pacificación completa, seguida inmediatamente de la organización que mejor le conviene”. Y este saber se sigue perpetuando hasta nuestros días, materializándose en cosas como el programa Human Terrain Systems (HTS). Este programa que cuenta con un presupuesto de 40 millones de dólares, tiene como objetivo integrar a antropólogos en unidades de combate de Irak y Afganistán. Estos se encargan de asesorar a los mandos militares sobre las “acciones culturales” que se llevan a cabo sobre el terreno. Se trata de llevar el conocimiento de las costumbres locales, los grupos étnicos, lazos culturales, y todo aquello que pueda “ayudar” a las fuerzas de ocupación.
Un ejemplo de ello lo tenemos en el interés de los antropólogos por las viudas afganas. Estos apuntaban a que los familiares de estas personas en su afán por ayudarlas económicamente, son un caldo de cultivo para los grupos de insurgencia del país, que pagarían a estos jóvenes. Así para contrarrestar esto se desarrolló un programa de formación profesional para las viudas, de forma que tuvieran independencia económica y así reducir el número de ataques de los insurgentes.
Pero no sólo el HTS ha desarrollado estas técnicas para el avance y control militar en el mundo. Programas similares se han desarrollado en Vietnam, donde el CORDS (Civil Operations and Revolutionary Development Support) tenía como objetivo hacer una “cartografía humana” de la zona para poder identificar a las personas y grupos sociales sospechosos de apoyar a los comunistas vietnamitas. El proyecto CAMELOT fijó su objetivo en América latina, para conocer los fundamentos de los conflictos sociales de la zona y sus posibles medios de neutralización, intentando el freno del chileno Salvador Allende en su carrera hacia al poder. Tailandia y otra serie de países del tercer mundo fueron objeto del programa AGILE, Colombia del curiosamente nombrado SIMPATICO, Argentina del MARGINALIDAD (enfocado hacia los obreros desocupados).
Todo esto ha hecho que en la actualidad en muchas partes del mundo se considere a los antropólogos como espías, y se consideren como un mero instrumento en manos de los poderes coloniales del momento. Pero no todo es siniestro y manipulador, los antropólogos cuentan con un código deontológico según el cual su actividad no debe perjudicar en ningún caso a las poblaciones estudiadas y que éstas deben aceptar con conocimiento de causa sus actividades de investigación. Por ello, hay un parte de los antropólogos estadounidenses que señalan y denuncian los abusos que se cometen desde su país. Así la Asociación Americana de Antropología hacía público un comunicado en octubre de 2007, en el que si bien no prohibía directamente la colaboración con el proyecto HTS, sí indicaba la más que probable violación del código deontológico en caso de que se participase en el proyecto. Así mismo profesionales como David Price han formado la Network of Concerned Anthropologists, desde donde se rechaza este tipo de prácticas por parte de los gobiernos. Os dejo un video al respecto, está en inglés y no pillo casi nada, así que si alguien se entera de algo más que comparta la información.
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