No me gusta la cocina creativa, de autor o como la quieran llamar. Alguna vez la he probado y algunos platos están ricos, pero no me gusta ese tipo de cocina. Hoy te encuentras a muchos personajes como Arzak, Adriá, Arola, etc., en anuncios de la tele, coleccionables de los periódicos, libros, firman menús de medios de transporte, promocionan productos, marcas o denominaciones de origen, etc. Que digo yo, ¿y esta gente cuando cocina? Porque entre tanto anuncio y tanta gaita como que no tendrán mucho tiempo.
La cocina ha sido siempre un territorio de la mujer, y sigue siéndolo a nivel privado, pero entre toda esta cuadrilla de famosetes hay pocas mujeres. Eva Arguiñano que yo sepa, y hace una cocina que no tiene nada que ver con los creativos estos, aunque sí hace sus pinitos explotando el negocio fuera de los fogones. Y es que la mujer ha acumulado durante siglos, cultura y saber culinario, transmitiéndolos generación tras generación, sin que sus maridos o hijos tomasen el menor interés por este inapreciado saber.

Y ahora de la noche a la mañana la cocina son estos señores, la poseen, la representan y la dirigen. La mujer ya no existe, ni el saber ni la tradición, es más no se les debe nada, la más mínima mención, reconocimiento, cariño o promoción. Que esas cosas se queden en las casas de la gente, pero la sociedad tiene que promover la nueva cocina. Hay que hacer negocio, hay que subir la imagen de España, hay que convertir la cocina en arte.
Para mí esta gente no vale nada, más que como saca cuartos de los que pueden permitirse ir a sus restaurantes o comprar su multitud de productos del mercado. Mi madre sí que sabe de cocina, mi suegra sí que sabe de cocina, mis abuelas sí que sabían de cocina, al igual que mi cuñada, mis vecinas, las madres de mis amigos, mis tías, etc.
Además estos autores deberían aprender a poner nombres a sus platos que entienda la gente, llamen a las cosas por su nombre, se ahorren datos redundantes y no le den patadas al diccionario. Y ahí van unos ejemplos que he recopilado por ahí:
Potaje cremoso de berros al foi-gras de pato con sus condimentos crudos y crujientes: De potaje cremoso nada, es una crema y punto. Los condimentos crudos y crujientes son una tira de panceta frita y hojas de berros.
Vieiras con malas hierbas sobre salsa sólida de setas a la provenzal y crema de almendras: ¿Cómo que malas hierbas? Y me las das de comer, mamón… Y va el nota y pone en los ingredientes el nombre científico de las malas hierbas. Ve tú y pídelas en el mercado a ver qué te dan.
Besugo asado con caracol de pared al aroma de remolacha y manzanilla: Este hombre ha descubierto una nueva especie, el caracol de pared. Que debe alimentarse de cal o pigmentos de pintura, digo yo.
Granizado salado de tomate con orégano fresco y manjar blanco: ¡Qué emoción! ¿Qué será el manjar blanco? Crema de leche, puré de patatas, sepia o chocolate blanco (por decir algo).
Cigalas al natural: Te dan un sable para defenderte del ataque de las pinzas de los bichos.
Cordero al estilo tradicional: O sea como al nota le de la gana. Ya te lo puede poner con sirope de mandarina que te dice “en mi pueblo se hace así”.
Ala de raya salteada, salsa de azafrán y sus verduritas: La raya básicamente tiene alas, cabeza y un hilito fino que es la cola, y comestible sólo es lo primero.
Mar y montaña de codornices lacadas con carpaccio de langosta: Interpretación optimista: la de codornices que me van a poner, me voy a hinchar. Interpretación pesimista: como de malo estará eso de la mar y la montaña que no me dicen lo que es.
Crustillante de gin-tonic helado con sorbete de limón: Crustillante no existe majo, en todo caso crujiente, costra o teja.
Arlequín de frutas con sorbete de limón: O sea macedonia con sorbete de limón.
Lechona en tres cocciones, setas frescas y patatas fundentes en manteca roja: Por mucho que te empeñes las papas no pueden fundir nada, en todo caso serán fundidas.