Estos días se llevan publicando opiniones, datos e historias acerca del día de la mujer. Se invita a profesionales de distinto ámbito a que expresen sus vivencias y sus opiniones sobre la situación de la mujer, participan periodistas, políticas, feministas, escritoras, etc.
Y en estos debates, reivindicaciones y puestas en valor de la mujer en la sociedad hecho de menos algo. Más que algo, a alguien, o mejor dicho a muchas álguienes. Las podríamos identificar de forma más o menos general, como nuestras madres. En ellas se concentran muchos tipos de mujer y muchas historias distintas, pero quizás con un denominador común, y es que no se habla demasiado de ellas.
Hoy día se habla de los puestos de responsabilidad que va ocupando cada vez más la mujer, de los que le quedan, de las representaciones políticas, de la paridad, de la conciliación familiar, del derecho al aborto, etc. Todos estos son asuntos de las mujeres de hoy, conquistas que parecen realizadas en exclusivas por estas mujeres actuales, sin que haya habido más participación que su lucha actual o la de las figuras históricas representativas, que encajan con este modelo de mujer trabajadora profesional.
No hay reconocimiento del papel que jugó la generación anterior, o al menos no se pone en valor. No se alude a la mujer rural que ha tirado de su familia, que guarda el saber popular y la cultura de su lugar (gastronómica, lírica, literaria, festiva, etc.). No se alude a esas mujeres capaces, formadas y tituladas que dejaron de lado esta faceta para criar a sus hijos. Esas mujeres que hacían trabajos en casa o fuera para sacar un complemento al sueldo. Esas mujeres que trabajaban en el mundo textil desde niñas hasta que se casaban. Esas mujeres que cogían aceituna hasta escasos días antes de dar a luz, y volvían de nuevo en cuanto podían (además de llevar su casa). Y podríamos seguir y seguir.
Todas esas mujeres han enseñado a sus hijos a poner y quitar la mesa, a hacer la cama, a limpiar, a cocinar, y a no hacerles a las mujeres lo que no quiera que hagan a su hermana. A sus hijas las han hecho sentir libres y les han inculcado a luchar por ellas y su futuro. Les han enseñado que la formación y los estudios les darían un mundo nuevo que ellas no pudieron disfrutar. Y se convencieron a sí mismas que su trabajo y su esfuerzo serviría para abrir las puertas a las posibilidades para sus hijas.
Quizás ahora su papel callado y oculto siga como tal. Porque quizás ellas mismas se han convencido que los triunfos se los tenían que llevar sus hijas, que su labor era la del corredor del pelotón que guía y mima al líder para que se lleve la victoria.
Lo bueno es que con reconocimiento o sin él, ellas disfrutan como si fueran suyas las conquistas de sus hijas.